DECLARACIÓN COMÚN DEL PAPA BENEDICTO XVI Y DEL PATRIARCA BARTOLOMÉ I

"Este es el día que ha hecho el Señor, nos alegremos y nos regocijemos en él"

(Salmo 117, 24)

La fraternal reunión que hemos tenido, el Papa de Roma Benedicto XVI y el Patriarca Ecuménico Bartolomé I, es una obra de Dios y de algún modo un don que de Aquel procede. Agradecemos a Quien concede todos los dones, Quien nos haya permitido nuevamente expresar en plegaria y en cambio nuestra alegría de sentirnos hermanos y de renovar nuestro compromiso en la perspectiva de la plena comunión. Este compromiso proviene de la voluntad de nuestro Señor y de nuestra responsabilidad como pastores en la Iglesia de Cristo. Nuestra reunión quiere ser signo y apoyo para todos, a fin de que compartamos los mismos sentimientos y las mismas disposiciones de fraternidad, cooperación y comunión en el Amor y la Verdad. El Espíritu Santo ha de conducirnos a la preparación del gran día de la reconstitución de la unidad plena, cuándo y cómo quiera esto Dios. Entonces podremos alegrarnos y regocijarnos plenamente.

1. Hemos recordado con gratitud las reuniones de nuestros respetables predecesores, bendecidos por Dios, los cuales mostraron al mundo la urgencia de la unión y marcaron el sendero a fin lleguemos a ella a través del diálogo, de la oración y de la vida eclesiástica cotidiana. El Papa Pablo VI y el Patriarca Atenagoras I peregrinos en Jerusalén, donde Jesucristo murió y resucitó para la salvación del mundo, se reunieron desde entonces nuevamente, aquí en el Fanar y en Roma. Nos legaron una declaración común, la cual conserva todo su valor, remarcando que el verdadero diálogo de amor debe apoyar e inspirar todas las relaciones entre las personas y entre estas Iglesias, "debe ser basado en la plena confianza hacia el único Señor Jesucristo en el mutuo respeto de las respectivas tradiciones" ( Tomo de Amor, 195). De ninguna manera hemos olvidado el intercambio de visitas entre su Santidad el Papa Juan Pablo II y su Santidad el Patriarca Demetrio I. Exactamente durante la visita del Papa Juan Pablo II, su primera visita ecuménica, fue anunciada la formación de la comisión mixta del diálogo teológico entre la Iglesia Catòlica Romana y la Iglesia Ortodoxa. En aquella participaron nuestras Iglesias en pos del proclamado objetivo de la reconstitución de la plena comunión.

Por lo que respecta a las relaciones entre las Iglesias de Roma y Constantinopla, no podemos olvidarnos la praxis oficial, a través de la cual fueron entregados al olvido los antiguos anatemas, los cuales influenciaban las relaciones de nuestras Iglesias a través de los siglos de manera negativa. No hemos aprovechado todavía de esta Praxis todas las consecuencias positivas, las cuales pueden resultar de ésta para nuestra dirección hacia la plena unidad, hacia la cual es llamada la comisión mixta, a fin ofrezca un importante aporte. Incitamos a nuestros fieles a que se comprometan en un rol activo en este proceso a través de la plegaria y de acciones importantes.

2. Durante la reunión plenaria de la Comisión Mixta del diálogo teológico, la cual tuvo lugar en Belgrado recientemente, y la cual gozó de la generosa hospitalidad de la Iglesia Ortodoxa de Serbia, hemos expresado nuestra profunda alegría por la reanudación del diálogo teológico. Después de una interrupción de algunos años debida a diversas dificultades, la Comisión pudo trabajar nuevamente en espíritu de amistad y de cooperación. Examinando el tema "Sinodicidad y Autoridad en la Iglesia" en dimensión local, periférica y ecuménica, asumió una fase de estudio de las consecuencias eclesiológicas y canónicas de la naturaleza mistérica de la Iglesia. Esta fase ha de permitir sean estudiadas algunas de las cuestiones básicas que todavía son materia de duda. Estamos decididos a apoyar permanente y continuamente, como en el pasado, el trabajo encomendado a esta Comisión y a acompañar a sus miembros con nuestras oraciones.

3. Como pastores, hemos pensado en primer lugar en la misión de la proclamación del Evangelio en el mundo moderno. Esta misión, "Id pues y haced discípulos a todas las gentes" (Mat. 28, 19), es más que nunca actual y necesaria, aún en las naciones tradicionalmente cristianas. Tampoco podemos ignorar la exaltación de la secularización, de la relatividad y del nihilismo, sobre todo en el mundo occidental. Todo esto exige una renovada y potente proyección del Evangelio, adecuada a las tendencias culturales modernas. Nuestras tradiciones constituyen para nosotros una herencia, la cual debemos compartir, promover y mantener actual constantemente. Por ello debemos fortalecer la cooperación y nuestro común testimonio hacia todas las naciones.

4. Hemos considerado positivamente la dirección de la formación de la Unión Europea. Los precursores de esta gran iniciativa no han de omitir tener en cuenta todos los puntos de vista, los cuales se refieren a la persona humana y a sus inalienables derechos, especialmente la libertad religiosa, la cual es prueba y garantía del respeto de toda otra libertad. En cada iniciativa de unión es necesario que se protejan las minorías con sus propias tradiciones culturales y sus particularidades religiosas. En Europa, manteniéndose siempre abiertos hacia las otras religiones y hacia sus aportes a la cultura, deben unir sus esfuerzos para proteger las raíces cristianas, sus tradiciones y sus valores, a fin de que aseguremos el respeto de la historia y contribuyamos también a la cultura de la futura Europa, para la calidad de las relaciones humanas en todos los niveles. En este marco, ¿ cómo podemos no referirnos a los muy antiguos testimonios y a la brillante heredad cristiana del lugar en el cual nos encontramos, comenzando por las palabras del libro de los hechos de los apóstoles, a través de la persona de San Pablo, apóstol de las naciones? En este lugar se encontraron el mensaje del Evangelio y la antigua tradiciòn cultural. Este vínculo, el cual tanto ha contribuido en nuestra común herencia cristiana, se conserva actual y ha de otorgar en el futuro otros frutos para la promoción del Evangelio y para nuestra unión.

5. Nuestras miradas se tornan hacia los lugares del mundo de hoy, en los cuales viven cristianos, y hacia las dificultades que ellos enfrentan, concretamente el hambre, las guerras, y el terrorismo, pero también hacia las diversas formas de aprovechamiento de los pobres, de los inmigrantes, de las mujeres y los niños. Católicos y ortodoxos son llamados a asumir acciones concretas conjuntamente a favor del respeto por los derechos humanos de todo hombre creado a la imagen y semejanza de Dios, y de su desarrollo económico, social y político. Nuestras tradiciones teológicas y morales pueden ofrecer una base sólida de común enseñanza y acción. Deseamos antes que nada proclamar que el crimen de inocentes en el nombre de Dios es una ofensa contra Aquel y contra la dignidad humana. Debemos comprometernos todos para una renovada diaconía del hombre y para proteger la vida humana, toda vida humana.

Tenemos profundamente en nuestro corazón la paz en el Medio Oriente, donde nuestro Señor vivió, sufrió, murió y resucitó, y donde viven desde muchos siglos muchos hermanos cristianos. Deseamos fervientemente la reconstitución de la paz en esta tierra, la amplificación de la admirable coexistencia entre sus diversas poblaciones, entre las Iglesias, y entre las diferentes religiones que allá se encuentran. Por lo que apoyamos el desarrollo de relaciones más cercanas entre los cristianos y de un diálogo interreligioso auténtico y oficial, sobre la perspectiva de una lucha contra todo tipo de violencia y distinciones.

6. Hoy, ante los grandes peligros para el Medio Ambiente, queremos también expresar nuestra preocupación por las consecuencias negativas para la humanidad y para toda la creación que pueden producirse por un determinado desarrollo tecnológico y económico sin límites. Como líderes eclesiásticos, consideramos nuestra obligación apoyar y animar todos los esfuerzos que se han realizado y se realizan para la protección de la creación de Dios y para la entrega a las nuevas generaciones de un mundo en el cual puedan vivir.

7. Finalmente, nuestro pensamiento se dirige a todos vosotros, fieles de ambas Iglesias presentes en todo el mundo, obispos, presbíteros, diáconos, monjes y monjas, hombres laicos y mujeres, avocados a cualquier servicio eclesiástico y hacia todos los bautizados. Saludamos en Cristo a todos los demás cristianos, asegurándoles nuestra oración y nuestra buena disposición para el diálogo y la cooperación. Saludamos a todos vosotros a través de las palabras del Apóstol de las naciones: "La Gracia a vosotros y la paz de Dios, Padre nuestro, y de nuestro Señor Jesucristo." (II Cor. 1,2)

Fanar, 30 Noviembre 2006

BENEDICTO XVI                                                                              BARTOLOMÉ I